
Sólo habló cuando le preguntó;
"Estoy decepcionado"-dijo-.
A ella no le sorprendió porque hacía tiempo que lo conjugaban sus ademanes y su agresividad desgarrada pero jamás hubiera imaginado que sus palabras lo volvieran sonoro.
Conjugaba aquel verbo y acusaba;
La culpabilizaba a ella, y a quienes como ella, habían dejado de estar en silencio con un simple y atronador: ¡cállate¡, ¡no me conviertas en la diana de tus frustraciones¡
Porque el veneno no se escupe a cualquiera y en cualquier lugar.
Tiene un destinatario y si siempre te equivocas,
acabará volviéndose tu hiriente decepción.