
La caracola había estado sobre la bandeja todo el invierno. Pero esta noche de verano de luna llena y brisa cálida la había levantado para acercársela al oído.
"Se oye el mar"....Se sentía una niña cuando escuchaba aquel rumor oceánico y se sorprendía de la ingenuidad infantil capaz de creer que las conchas siguen guardando el rumor de las olas. Tal vez los seres humanos sigamos custodiando el murmullo del vientre materno y sólo hace falta que alquien nos pegue a su oído.
La infancia le sacaba la melancolía. Pero en cuanto recuperó la sincronía con la madurez recordó que lo que una caracola amplifica es el sonido ambiente. La intensidad depende del tamaño y la geometría - qué belleza de formas: sabía que cuando el camino del científico que termina en la geometría se cruzaba con el del artista que acaba en las artes plásticas, surgían las caracolas-.
Un amplificador del runrún de la vida. Y le entusiasmó la posibilidad de que cada cual se volviera megáfono de sus sonidos vitales y tejer entre unos y otros un resonante oceáno de susurrantes caracolas.