Lucía el sol fuera, pero el exterior le resultaba tan lejano como de otro mundo.
Llevaba horas levantada y aún no se había acercado a la ventana a ver el día; lo tenía olvidado.
Como siempre que tenía aquellas sensaciones, precisaba cuatro paredes e ir limitando progresivamente esa acotación hasta llegar a su búnker imaginario. Necesitaba ir diluyendo el espacio tangible hasta volverlo inmaterial.
Y siempre resurgía aquel tremendo roble, aquel útero arbóreo, en el que su ser más infantil encontraba cobijo....En las entrañas rugosas de aquella madera sagrada, le envolvía el tacto suave de un pelaje blanco, que le calentaba el alma y entre los resquicios de las ramas nudosas, retorcidas y resistentes, sus ojos buscaban y encontraban la luna, brillando siempre en un cielo nocturno despejado....Y la mancha láctea que acompaña al satélite, como desteñida, se le metía en la oscuridad segura de aquel agujero y le acunaba la nana que entonaba fuera una rapaz, que cantaba un estribillo como tragándose los trinos en una deglución simbólica de dolores, sufrimientos, frustraciones y angustias.
En aquel bosque era imposible que ocurriera nada malo porque nadie manchado podía descubrirlo...Sólo almas inocentes que penaban la pérdida de la pureza, la propia o la ajena, que es otra manera de perder la inocencia.
En aquel mundo esencial vivía su ser más pequeño, un anacronismo infantil que le solía acompañar en silencio, al que debía alimentar porque jamás había aprendido a ser independiente...Una dependencia que le succionaba madurez y la debilitaba hasta que aquel roble le cedía su savia.