
Le gustaba acurrucarse en la cama mientras afuera todo se licuaba;
sentía cómo las gotas labraban el barro y cómo caían del alero a un ritmo hipnótico sin principio ni fin, como uno de esos bucles interminables.
La lluvia se le acababa filtrando en el cráneo y colándose entre los resquicios neuronales. Entonces le gustaba imaginar una corriente purificadora, una avenida catártica capaz de arrastrar los lodos enfangados que desde hace tiempo condenaban a su alma a vivir en un principio de hipoxia continua. Y visualizaba aquella avalancha sanadora desembocando por sus pies.
Entonces se acordó del petirrojo que un día se le acercó cuando se refugiaba de la lluvia bajo la roca....La primera aproximación fue esquiva, pero luego se fue acercando cada vez más hasta tenerlo a un palmo de su cara. Y entonces se encontró con sus ojos azabache y su papada roja y le resultó tremendamente afín, mucho más que esos rostros humanos que hace nada le dijeron "ven, síguenos, pero deja tu felicidad en la puerta porque sólo así alimentaremos la nuestra".
Había escampado y regresó al camino....El petirrojo entonces voló como diciéndole "siempre hay que volver a empezar".