
Trataba de recordar aquella receta:
dos partes de ala de águila, una de corazón de león y dos más de respiraciones profundas y silencio.
Necesitaba aquel reconfortante porque había sido capaz; hace sólo unos días lo había hecho, sin pensarlo. Sólo actuó cuando fue necesario: sin miedo, sin que le temblara el pulso y luego, después de hacerlo, apenas tuvo remordimientos.
Pero le había sorprendido su propia fortaleza. Y esa consciencia de cómo había sido capaz de hacer pie en la inestabilidad de aquel terremoto, en vez de reconfortarla, le extrañaba. El pasmo además estaba dando paso al miedo.
Se atemorizaba de que la fuerza de que había hecho gala fuese sólo un espejismo; temía que no fuese capaz de volverla a mostrar, por eso ahora buscaba en aquel húmedo libro que alguien olvidó alguna vez en una senda flanqueada por hayas, donde brotaba un manantial que cortaba las manos y las enrojecía, y que parecía la guarida de la pureza.
Para alimentar su fuerza necesitaba raíz de roble;
ala de áquila para potenciar su libertad;
corazón de león para sentir con energía
y respiraciones y silencio para acomodarse en su interior.
Acabó despertándola una hermosa voz; se dió cuenta entonces de que tenía un gran agujero desde el esternón hasta el ombligo; se atravesaba con su propia mano. Pero la armonía de aquella voz empezó a remendarla; como si fuera una araña, fue tejiendo y reparando aquella abertura que la debilitaba.....Y a medida que fruncía los hilos, ella decidió quedarse en su interior...Sabía que sólo así volvería a ser fuerte cuando se presentara de nuevo la ocasión...Había descubierto dónde nace el secreto de la entereza...