Hay un momento al comenzar el anochecer en el que reina el silencio. Entonces, se siente tan de cerca la calma que crea expectación. Es el momento de cerrar los ojos y abrirse para empezar a notar el susurro del viento que sale del bosque para ulular en el alma. Es la oscuridad natural que libera. La "enlatada" me asfixia. Por eso, por favor, deja unas rendijas para que entre la luz.
Se le había sentado enfrente y hacía un rato que le hablaba. Jamás le había oído nada sobre su hija, pero ahora centraba su soliloquio.
Balbuceante, las sílabas desdibujadas, parecía que le lastimara vocalizar. El tono inaudible.
Pero le dolía lo que contaba. Lo decían sus ojos, cansados de albas en vela, sus manos agrietadas de tanto intentar retener las de ella. Cuando se engañaba con la esperanza sus palabras se afianzaban.
"Es bobada -dijo- , sólo depende de ella" Se levantó y, mientras se iba, supo que arrastraba una culpa.
El plato vacío; la copa también; la botella medio llena; el servilletero; a un palmo, la servilleta encogíendose arrebujada...
Le gustaba aquella perspectiva de la evocación. Planos en la línea de lo efímero convergiendo en la remembranza de lo que hace un momento fue.
De la totalidad a los restos de la nada. La ruina en su capacidad de sugerir. Metonimia de la parte por el todo. Siempre había atisbado un rastro creativo en la devastación de la decadencia.
Como la mesa a punto de ser recogida. Igual le pasaba con los pueblos abandonados. Los escombros le aturdían con múltiples retazos de historias probables.
Variables infinitas que las piedras inertes atestaban de vida o acaso vestigios estériles de algo que jamás llegó a ser.
Se había levantado con un nudo de pesadumbre embarrancado en la boca del estómago. Como otras veces, era por el día: tan nebulosamente gris, tan húmedo de tristeza, huérfano de luz.
Esa atmósfera le oprimía y con el llanto solía recuperar la fluidez. Pero esta mañana no quería lágrimas; quizá intuía un riesgo de desbordamiento que no quería afrontar. Hoy, no.
Prefirió otra catarsis: el placebo de los recuerdos.
Por la manga, el hombro, el lado izquierda de la cara; empezó a notar más temperatura.
La claridad salía de su escondite y a cada paso se volvía más dorada. Estaba respirando rayos de sol.
Decidió moverse lentamente y observar su entorno con una mirada salvajemente queda.
Ansiaba tatuarse en las neuronas la cálida transparencia de aquella luminosidad; archivarla en sus circuitos cerebrales para que la meciera en las mañanas empastadas, dejándola a salvo de las nieblas que le encapotaban el corazón.
Hacía un rato que había terminado la conversación, pero aún le resonaban los ecos de aquella frase.
"Es como si habláramos de burros que vuelan y discutiéramos sobre la longitud de sus alas. ¡Pero si los burros voladores no existen¡"
Con los puños de aquella evidencia se golpeaba una y otra vez en el raciocinio. Pero la hiriente locura , al otro lado del teléfono, la obligaba a entrar en diatribas desquiciantes y a argumentar, ¡como si los burros volasen¡, frente a delirios demoledores.
"¿Locura? o ¿mezquindad?", se atormentaba, "porque van por separado"
Locos con el escudo de la lucidez. Ruines con la adarga del desvarío. Entre tantas rodelas, broqueles y corazas para sobrevivir, no es fácil desvelar el jaez de quien los esgrime.
Se quedó inmóvil en el flanco de la puerta. Su expresión se había paralizado en una mueca mezcla de pena, dolor y angustia. Conocía perfectamente aquel gesto; muchas veces había funcionado como un dardo directamente al corazón; y cuando no, al contemplarlo se volvía irascible.
Le daba rabia la pena; pero no en general, lo que no soportaba era su sufrimiento, con especial incidencia en el posesivo. "Su"no, "su", de ninguna manera.
La amargura de otros la toleraba y hasta la comprendía. Pero por aquella aflicción no se permitía compasión. Se sentía tremendamente egoísta y se castigaba con fuerza porque no había podido estar a la altura de los que verdaderamente amaba.
Entonces, el pesar de aquellos rasgos, en el umbral de la puerta se le clavaban como alfileres y de la sangría de la ingratitud acababa brotando el arrepentimiento que desembocaba en la ternura.
Se repetía que jamás volvería a tener sentimientos de aquella ralea. Su propósito de la enmienda era sincero, tanto como su despiadada certidumbre de que aquel siempre sería un viejo proceso recurrente.
Salvo algunas palabras extraviadas, desde hace rato en el viaje sólo sonaba Chet Baker; hasta que alguien dijo "me estoy durmiendo" y buscó una versión remix de Nina Simone.
Entonces, el nudo que desde hace rato le estrangulaba la garganta, se desató en lágrimas. "Esta canción la hubiera bailado ella como una loca", pensó, y le estremeció cómo en cuestión de segundos la vida te la jugaba; porque en cuestión de segundos, sus ojos claros habían perdido el azul transparente; en cuestión de segundos, sus brazos al aire perseguidores de rítmo, habían caído en un estruendo; su sonrisa, a la que tan bien le sentaba la música, había estallado en un alarido, y su melena rubia se había ensuciado de sangre.
La caída, una caída inoportuna, inútil, aguafiestas, porque fue justo después de la fiesta, cuando tratas de esbozar el recuerdo de las risas, los bailes, las gentes....., antes de que te empiecen a mecer el sueño.
La maldita caída le había roto los ojos, y quizá algo más, y eso le preocupaba. El viaje se lo recordó y mirando el cielo de la noche, se perdió en el cinturón de Orión y se culpó: "¿Qué podría hacer yo para volverme su ángel de la guarda?"