
Había vuelto con aquella música que enredada el viento y agitaba las hojas que plantaban cara a un cielo tan cálido como gris tormenta.
Y se sentía la distancia que une dos puntos. Porque no creía que la distancia separara o fuera el olvido. Era sólo el camino a la serenidad. Y una senda así une con la esencia y separa del alboroto.
Le gustaba, en las esperas desesperadas, aposentarse en la orilla y verse vivir por la vida y ver cómo la vida vivía a otros y apaciguar sus desencuentros con esas otras vidas que minaban la suya.
"Ésa no soy yo". Se lo repetía insistentemente. Era el hechizo con el que deshacía empalizadas. No había trampas más oscuras, más efectivas y aniquiladoras que las mentales. A los juicios hay que engañarlos porque en sus dominios se piensa y eso no es vivir.
La vida no se teoriza ni se constriñe entre el recuerdo de lo que una vez fue y otra tal vez será. Eso sí es la distancia y el olvido y el despilfarro. La vida es el viento que vuelve a zarandear las plantas, el ruido de un motor en un viaje a alguna parte, el perro que ladra a la puerta de una casa, la sonrisa de alguien, el ventilador del portátil que me hace ir terminando. Y, sobre todo, una canción con un violín tristemente sereno. "Escucha -dijiste- como un cascabel; la música nos hará libres. Y contando hasta tres saltaste del tren cuando iba más rápido; contaste hasta tres y no te oí decir te añoro o no te añoro"





