
Le disgustaban los valores que supuraban sus palabras
y había optado por escucharlas en silencio,
por amordazarse,
pero la tristeza de su cara iba por libre,
y ensombreció tanto su semblante que ella acabó notándolo.
Entonces, le preguntó por lo que pasaba,
al principio, evitó la respuesta,
pero al final acabó utilizando la palabra,
y el verbo, como había ocurrido tantas veces antes, desencadenó la batalla.
En el cuerpo a cuerpo las garras de las palabras se ensañan,
y dicen lo que no se oye porque en su cola arrastran siglos de rencores y de amores, de esperanzas y de decepciones....
Y cuando llegan hasta el corazón que las escucha se clavan con tal furia que lo desgarran;
y empezó a correr la sangre hasta que ahogó las palabras y se impuso el silencio.
El dolor y el fracaso la volvían muda....
Por eso acababa de pedir perdón por escrito.
Sólo tecleando las palabras se sentía capaz de sujetarles las riendas.
Sufría, porque con aquella mujer, tan cercana, sólo podía hablar con palabras enlatadas y a su verbo le gustaba encabritarse y apasionarse, en lo bueno, y en lo malo.





