Hay un momento al comenzar el anochecer en el que reina el silencio. Entonces, se siente tan de cerca la calma que crea expectación. Es el momento de cerrar los ojos y abrirse para empezar a notar el susurro del viento que sale del bosque para ulular en el alma. Es la oscuridad natural que libera. La "enlatada" me asfixia. Por eso, por favor, deja unas rendijas para que entre la luz.

jueves, 13 de noviembre de 2008

PARTÍCULAS VACÍAS



Se estaba dando cuenta de una reciprocidad que siempre había creído unívoca.
Era una cuestión de gestos, de tonos, de sonrisas:esbozadas o ignoradas.

Un código binario; notaba agresividad en el entorno y no fallaba: era su ceño que estaba fruncido; su voz,tensada y su sonrisa,olvidada.

Notaba receptividad y seguía sin fallar: su frente, relajada; su voz,dulce y su sonrisa, presente.

Al principio dudaba de qué se producía primero, pero acabó creyendo que sólo ella era el desencadenante. La bendita o maldita espoleta de aquel entorno que hasta entonces pensaba explosivo. Pero ella era la única fuente de cualquier deflagración.

¡Era sorprendente¡ Su existencia ni la de los demás era particular...Nadie existía por sí solo. Únicamente era en interdependencia con los demás, y el resultado de esa interdependencia estaba en su mano. Ese era su único margen de individualidad; pero para ser individual necesitaba a los otros.

Le pareció, primero, una lección de física cuántica y luego, un precepto zen, y más tarde pensó que la ciencia quizá fuera budista.

Era lo mismo; había tres puertas. Salió por la única que estaba abierta y abriendo los brazos voló hacia el viento.

jueves, 30 de octubre de 2008

EL ALMA NO ENVEJECE



Sería otoño: por la luz que -recordaba- entraba en el portal.
Pero no hacía viento; en invierno, sin embargo, el norte se enredaba en el porche y entonces le decían aquella frase: "cuidado con la corriente"; "es lo peor"

Para ella , a tenor de cómo se lo advertían, acabó por tener un peligro semejante al del "hombre del saco"; ¡Que viene la corriente¡, ¡que viene el hombre del saco¡

Conserva la certeza de que a él lo llegó a ver. Harapiento, con una chaqueta raída de pana marrón bastante más grande que su espalda y un sombrero de fieltro, mugriento; lo descubrió de espaldas, con una barba desarreglada que, intuyó, le asomaba por el perfil. Caminaba tirando de un carro por la carretera general -así la llamaba de niña, cuando casi no había coches ni carreteras-; por la orilla, junto al nogal donde jugaban a "Antón, Antón pirulero" -el de las prendas-

El nogal ya amarilleaba cuando la luz entraba por el portal. En esa atmósfera le dijo : "te pareces a Shirley MacLein" A ella "Irma La Dulce" ni le agradaba ni le disgustaba, pero le entusiasmó que alguien le adjudicara otra identidad.

Estaba harta de parecerse a su madre, cuando sonó el teléfono y no cogió.

Era su madre; treinta años después y seguían doliéndole los mismos conflictos. Amor y odio.

Y recordó la frase que, por la mañana, escuchó de un médico; alguien lamentaba la juventud de un fallecido y el doctor argumentó: "es lo mismo que hubiera tenido ochenta años, su alma también sería joven porque nunca envejece".

La suya, en muchas cosas, seguía anclada en la infancia.

martes, 28 de octubre de 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

SIN RESPUESTA


Como un emisor de SOS
perdido en lo más hondo de un mar tormentoso,
abandonado en la más solitaria de las cimas montañosas;

aunque en aquel alarido de desesperación estuviera empeñando todas sus fuerzas,
la mayor de las intensidades de sus cuerdas vocales,
resultaba un grito asombrosamente inaudible;

y se palpaba para cerciorarse de su existencia,
y al tentar sus huesos sentía las vibraciones
de aquella señal de socorro,
que no llegaba a nadie,
absolutamente a nadie,
ni siquiera a su ángel de la guarda -estaba olvidando la brisa de sus alas-.

domingo, 12 de octubre de 2008

VIVIR CON MIEDO


Llevaba un rato con los ojos empañados por las lágrimas y el miedo en el diafragma tirándole de los hombros hacia ese encogimiento que le provocaba el pánico.

Era un temor existencial que lo desataban múltiples causas posibles aunque si hubiera que agruparlas en un mueble clasificador irían al cajón de "pavor a la pérdida".

Pero últimamente, más que lo doloroso que pudiera llegar a ser ese sentimiento, le preocupaba su ralea, y sabía , aunque se hiciera la despistada, que la catadura de aquella emoción no era pura, noble, transparente. Y le dio miedo saberse tan egoísta porque el miedo a la pérdida, no era por lo perdido sino por ella misma, porque habiendo perdido lo perdido acabaría sintiéndose perdida, sin referentes, sin hitos de ubicación existencial. Y estaba harta de sentir otra vez, una enésima vez más, que el problema era sólo ella.

Entonces recordó unas palabras: "Todos tenemos una misión en este mundo; independientemente de que la cumplamos o no, existe". "Quizá tu misión sea aprender a vivir con miedo".

Y le explicó que probablemente ese miedo no sólo era el suyo, sino el de otros, de existencias anteriores que acabaron desembocando en la suya. Entonces, empezó a darle otro sentido a sus emociones porque si avanzaba en el aprendizaje de vivir con miedo, algún día, alguien se beneficiaría de sus adelantos. Acaso, pero esa posibilidad era ya un acicate para darse sentido.

lunes, 29 de septiembre de 2008

BUCEAR CON GAFAS AZULES



No tenía muy claro si perpetuar aquellos sentimientos en renglones escritos. Pero se puso a golpear el teclado.

No es fácil ponerle palabras al paso del tiempo en el amor porque a veces duele.
Hiere comprobar cómo "en cada gesto, cada beso, cada abrazo, se impone un pedazo de razón".

Pero le aliviaban y sanaban expresiones, actitudes y costumbres que nacen de la pequeñez de la rutina cotidiana; sabía que otros la denigraban pero ella había aprendido a mirar lo diario con el enfoque adecuado, el ángulo preciso y el tiempo necesario. Sólo cuando se conjugan esos tres elementos se descubre la belleza impactante de la cotidianidad amorosa.

Le parecían maravillosos, porque lo eran, aquellos desayunos con los que se encontraba cada mañana ante la mesa: en perfecta alineación de utensilios e ingredientes....

Le resultaban extraordinarios los platos con los que la sorprendía cada comida, nacidos casi siempre de la ingeniosa improvisación que imponen la falta de tiempo y de ingredientes. Eran un auténtico placer culinario.

Y los recordatorios, y la preocupación por ella y por su mala cabeza, y los "qué tal el día" o "mira lo que me ha pasado o me han contado". Eran como los hitos conocidos en un camino por el que pasear le resultaba placentero; por hermoso y por conocido,porque aunque supiera "desde siempre" que "tras aquella curva la esperaba la rosaleda de la fuente" nada podía socavar la expectación ante la belleza.

Y aquella frase que la había conmovido, y sacudido de una pena que a veces se le pegaba a la piel. "¿Sabes cuál es la distancia más corta entre dos personas?"
Y se lo preguntó, seguramente, cuando sintió que se alejaba y la distancia la arrastraba hacia dentro, como las mareas vivas de setiembre, cuando la luna llena y el mar te engullen.

"¿Lo sabes?"
"La sonrisa -dijo- es la distancia más corta entre dos personas", y con la suya provocó la de ella, y la rescató y entonces ella pensó que a partir de ahora bucearía con gafas azules, para mantener los ojos abiertos y no perderse la belleza circundante.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

EL CAMINO



La luz del flexo la deslumbraba hace rato pero no podía dejar de mirarla.
Le habían empezado a escocer los ojos y la tensión se estaba apoderando de su musculatura craneal.

De vez en cuando reparaba en su respiración.
"Ésa soy yo, yo sin mis miedos". Lo repetía; en ocasiones, le apaciguaba aquella especie de mantra, pero terminaba por no creérselo demasiado.

Se sentía cansada de intentar dar con su camino. Cuando la mañana le regalaba energía, empezaba a desbrozar su sendero y con la brisa en la cara solía sentirse motivada.

El baile de las hojas al son del viento le hacía cerrar los ojos y, entonces, tenía claro que la vida está en el interior. Que todo lo que diera de ella se transformaría en su riqueza; un tesoro inagotable, y ¡era tanta la serenidad¡; sus contracturas se distendían hasta que una paz espiral le hacía sentir que aquel sí era el camino.

Pero entonces, ¿por qué le dolieron tanto aquellas palabras que vinieron de fuera? Quizá porque se sintió Abel frente a su hermano Caín...