
Se estaba dando cuenta de una reciprocidad que siempre había creído unívoca.
Era una cuestión de gestos, de tonos, de sonrisas:esbozadas o ignoradas.
Un código binario; notaba agresividad en el entorno y no fallaba: era su ceño que estaba fruncido; su voz,tensada y su sonrisa,olvidada.
Notaba receptividad y seguía sin fallar: su frente, relajada; su voz,dulce y su sonrisa, presente.
Al principio dudaba de qué se producía primero, pero acabó creyendo que sólo ella era el desencadenante. La bendita o maldita espoleta de aquel entorno que hasta entonces pensaba explosivo. Pero ella era la única fuente de cualquier deflagración.
¡Era sorprendente¡ Su existencia ni la de los demás era particular...Nadie existía por sí solo. Únicamente era en interdependencia con los demás, y el resultado de esa interdependencia estaba en su mano. Ese era su único margen de individualidad; pero para ser individual necesitaba a los otros.
Le pareció, primero, una lección de física cuántica y luego, un precepto zen, y más tarde pensó que la ciencia quizá fuera budista.
Era lo mismo; había tres puertas. Salió por la única que estaba abierta y abriendo los brazos voló hacia el viento.



